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diumenge, 31 de maig de 2009

Complement pel cicle: Montengón i la novel·la

De prosa n'hi ha hagut molta, durant el cicle: prosa de dietari, d'assaig, de text historiogràfic o pedagògic, però finalment poca prosa novel·lística. L'única obra citada que es pot considerar plena-ment una novel·la és el Fray Gerundio d'Isla (1758) i, acceptant una definició àmplia del gènere, les Noches lúgubres de Cadalso (1770).
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A finals de segle floreixen d'altres obres destacades, com Los enredos de un lugar (1778-1781) de Fernando Gutiérrez de Vegas, en la línia del Fray Gerundio; la més moderna i afrancesada El cariño perfecto o Alonso y Serafina (1798) de Mor de Fuentes, traductor al castellà de Rousseau i del Werther de Goethe, o la novel·la gòtica El Valdemaro (1792) de Martínez Colomer. Però el millor novel·lista espanyol de finals del XVIII és sens dubte l'alacantí Pedro Montengón (1745-1807). Tot i que com a exjesuïta va viure exiliat a Itàlia des de 1767, la pràctica totalitat de la seva obra és en castellà. Destaquen en la vessant poètica l'última edició de les Odas (1794) i les seves traduccions d'Ossian (1800), així com de tragèdies de Sèneca i Alfieri. Pel que fa a la narrativa, la novel·la més coneguda és Eusebio, seguida per El Atenor, Eudoxia i El Mirtilo, exemple tardà de novel·la pastoral. Totes estan escrites abans de 1788 i es van publicar entre 1786 i 1795. La seva última novel·la és El Rodrigo (escrita probablement cap al 1791 i publicada el 1793), primer exemple de novel·la històrica romàntica a la Península, tal i com han afirmat Menéndez Pelayo, Russell P. Sebold i Guillermo Carnero.
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Eusebio (publicada en dos parts entre 1786 i 1788) és una novel·la didàctica deudora del cèlebre Télémaque de Fénélon (1699) que narra les peripècies d'Eusebio i del seu mestre Hardyl, convertides per l'autor en una successió d'exemples a través dels quals es fortifica la virtut del deixeble. L'última prova serà la mort del mestre i alhora la fi del camí per a Eusebio, tant en sentit propi com en figurat: retorn a casa i conquesta definitiva de la virtut. L'estil sincer i natural de Montengón trasllueix la intel·ligència i la generositat del pedagog. La novel·la recull però influències variades, com el component lacrimo-gen de la novel·la sentimental francesa, la pràctica de les històries intercalades o la parla popular de la novel·la picaresca castellana i del teatre còmic contemporani de l'autor, concentrat especialment en el personatge de Gil Altano. Us ofereixo aquí un petit fragment del primer llibre de la novel·la, on Montengón intercala en la descripció natural de la por nocturna del nen Eusebio l'exemple de la virtut i la mesura del mestre ("no hay más eficaz remedio para el temor en tales lances que el inquirir la causa de aquello que nos lo causa").
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Podía haber pasado media hora después que se acostaron, cuando el desvelado Eusebio oyó ruido a la puerta del mismo cuarto, como si alguno diese golpes en ella o la menease. Un sudor frío baña sus agazapados miembros y la voz se le anuda a la garganta sin poder llamar a su maestro, aunque se esforzaba. Pero volviendo de allí a poco a repetir el mismo ruido y golpes semejantes, alterado del miedo, da un grito tan agudo, acompañado de llanto, que Hardyl despertado le pregunta la causa. Respóndele Eusebio con mascadas palabras, sin acabarlas de proferir, que tocaban a la puerta. Hardyl, que estaba seguro que no podía haber ninguno en casa, creyéndolo efecto de una exaltada fantasía, le dijo que no había nada, que durmiese. Mas apenas acababa de decir esto, cuando oye repicar a la puerta, dando de tanto en tanto ciertos golpes como si verdade-ramente llamase algún importuno para entrar. Eusebio no puede resistir a esto y se pone a gritar y llorar tan desaforadamente que aturdía la estancia, comunicando su temblor a toda la cama.
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Hardyl, que tampoco pudo quedar muy sobre sí oyendo aquellos golpes, se incorpora esforzadamente en la cama, y en voz alta pregunta: ¿Quién va? ¿Quién está ahí? Eusebio renueva sus gritos y llantos, y Hardyl en vez de respuesta oye duplicarse el ruido y el meneo de la puerta. Entonces llamando a cuenta sus pensamientos, comienza a recapacitar de qué podía proceder aquel extraordinario ruido; pero no hay más eficaz remedio para el temor en tales lances que el inquirir la causa de aquello que nos lo causa. Después de haber dado mil vueltas a su imaginación, ocúrrele si podría ser la perrilla que tenía en casa, la cual acostumbraba a dormir en un cestillo a la puerta del cuarto de su amo, y habiéndolo visto pasar al otro, pudiera haber también mudado de sitio, recostándose a la puerta, a la cual pudiera dar los golpes con la cola o menearla con el motivo de rascarse.
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El Rodrigo, primera novel·la històrica amb elements romàntics de la literatura castellana, ofereix un aspecte molt diferent. L'obra porta el subtítol de "Romance épico" i està concebuda com un argument en prosa que podria servir de base per a un poema èpic. Els ecos de l'èpica virgiliana hi són doncs evidents, però també s'hi nota l'influx de la Gerusalemme liberata del Tasso (1581), inspirador futur de tantes obres romàntiques. El rei Rodrigo, personatge ambigu i torturat apareix com un model d'heroi romàntic, mentre que Guntrando, el seu malèfic conseller, s'erigeix en exemple del gothic villain. Hi ha també Florinda (amb el mateix nom de la protagonista de la Gerusalemme...), la noia més bella i més virtuosa, enamorada de l'igualment pur Evanio però desitjada per Rodrigo, que acabarà violant-la i precipitant així l'entrada dels exèrcits islàmics a la Península. L'ambientació d'alguns passatges aporta a l'obra l'ambient tenebrós de la novel·la gòtica anglesa de Walpole o de Beckford (Vathek, 1786). L'element sobrenatural apareix per exemple en aquest fragment que evoca una lluita entre el fantasma colossal de Mahoma i el jove Pelayo, cap militar dels asturians, i que recorda la imatge del cèlebre colós atribuït fins fa molt poc a Goya (s'ha descobert recentment que probablement no és de l'aragonès i s'atribueix actualment a algun deixeble seu):
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Se hallaba ya éste [Pelayo] en camino para ir a juntarse con el exército de Rodrigo y apresuraba su marcha lleno de confianza de la victoria, quando estando para llegar a Toledo ve de repente levantarse del seno de la ciudad la sombra de Ataúlfo, que en forma aérea le representaba al vivo, armada de escudo y lanza; iba a encontrarse contra otra sombra más feroz que hacia ella se encaminaba por el cielo, y cuyos ojos parecían dos ascuas de fuego que chispeaban de enojo en su atezado semblante, empuñando lanza y escudo como la de Ataúlfo; mas éste llevaba impresas en su rostro las señales del dolor y de la tristeza, que hacían parecer sus aéreos pasos más tardos que los de la sombra enemiga, que en su curso veloz llega a encontrarse con ella y la embiste con la lanza. Opone al bote su escudo la de Ataúlfo e impele al mismo tiempo también su lanza contra la enemiga, haciendo resonar por los campos el eco de sus roncos aullidos, semejantes a dos encontradas nubes que, impelidas de opuestos vientos, atruenan la atmósfera con la explosión del fuego que la sulca.
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Atónito Pelayo de aquella extraña vista, echa mano de su espada y alza el escudo sin advertirlo él mismo, como poniéndose en ademán de querer tener parte en aquel combate y tomar la defensa de Ataúlfo, que parecía temer la fiera animosidad de la sombra contraria después que ésta le pasó de parte a parte el escudo, y sin poderse contener, como enagenado de su aliento grita diciendo a Ataúlfo:
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«Baxa, ven y te prestaré mi escudo y mi brazo, si fuera menester, contra ese horrible espectro que te apremia y que nada a mí me espanta».
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[...] Quedó la sombra de Mahoma, con fiero continente que mani-festaba la jactancia de su victoria, viendo huir a la de Ataúlfo, mas luego que ésta desaparece del suelo tuerce ella su tetro rostro hacia el joven Pelayo , que volvió a fixar en ella sus ojos admirados de aquel espectáculo, anhelando que se le proporcionase vengar a la de Ataúlfo.
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No tardó a ver cumplidos sus ardientes deseos, pues movió inmedia-tamente hacia él sus pasos de gigante el espectro victorioso, y enristra la lanza en ademán de herirle en el vuelo de su carrera. Aunque sorprendido el joven Pelayo de aquel acometimiento, espera su llegada poniéndose en postura de defensa, con que parecía provocarla su atrevimiento, semejante a un joven dragón que espera la llegada del águila que intenta acometerle.
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Y teniendo extendido el vigoroso brazo en que empunaba la espada, le dice:
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«Llega, y te haré ver que no es mi brazo de niebla y que no soy sombra débil y espantadiza que tema tus hierros y tus armas».
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Dicho esto, llega sobre él la sombra y hiere con la lanza el escudo que le opuso al golpe, que pareció impulso de viento impetuoso y de tempestad que arrebata tras sí los troncos que no resisten a su fuerza. Mas a pesar de su violencia, no pudo conmover a Pelayo, que en el sitio mismo en que recibió el golpe hiere a la sombra con su espada, pasándola como si atravesase espesa niebla; mas ella, herida, arroja un doloroso aullido que taladró los oídos de Pelayo, y torciendo a otra parte sus pasos se desvaneció en el ayre dexando aturdido al animoso mancebo y lleno de la admirada complacencia que sacaba de aquella victoria, ageno de imaginarse entonces que hubiesen de extender los árabes su dominio hasta los montes de Cantabria, y que hubiese él de enfrenar no sólo la pujanza de su armas, sino que también recobrasen sus descendientes el perdido señorío de los godos y aboliesen el culto que quería extender y perpetuar en aquel suelo la sombra enemiga que entonces le combatía.

Francisco de Goya?? (1746-1828), El colòs, c.1808-1812.

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